La fosa de abril

La fosa de abril

Por: Pedro Corporán

Conducía la barca de mi vida, digo la barca porque la vida no merece diminutivo, pero traducido a lo material, mi barca estaba más cerca de ser balsa que barca, flotando críticamente en medio de la turbulenta marejada social de la nación.

La Era Cristiana contaba 1984 años, y la iglesia celebraba, en el devoto abril, el sacrificio supremo del Salvador.

La mayoría olvidaba al Mesías con paganismo inmundo, paradójicamente celebrando en su nombre, mientras la fosa de la miseria respiraba sedienta, y lo peor, que su alimento era precisamente miseria.

La Semana Santa liberaba en muchos el anticristo que se niega a morir en la conciencia del hombre.

La herejía inconfesa alimentaba la bestia del vicio que recorría con desenfrenado libertinaje, la necesidad de desahogo social del hombre irredento.

En ese fatídico abril, el sol apuñalaba la tierra con fiereza apocalíptica, la temperatura le había declarado la guerra a los desnudos, huérfanos como siempre de medios para defenderse de la agresión del clima, la sequía hacía languidecer a los cuerpos, el sopor era un río en cada uno, mosquitos y otras plagas también estaban de carnaval pagano, integrados a la caldera social de la miseria.

Yo vivía al lado de un semillero humano de insensible hacinamiento y percibía la respiración forzosa de la fosa de la miseria, exhalando vapores desagradables con olor a sudor sin identidad.

Durante tres días de retiro libertino, 20, 21 y 22 de abril de 1984, la multitud de la carencia se había refugiado en el mar, de abundancia sin límite, con virtud de terapia paradisíaca, tan inmenso que tiene el poder de curar la humillación social crónica con el olvido, por desgracia fugazmente.

Terminado el asueto “santo” reapareció como vampiro en la noche la irredención social, como espía lapidario de la fosa de la miseria, con rostro mortecino, cuando los humildes volvieron a la realidad que desafía los preceptos bíblicos cristianos de la condición celestial del infierno.

Como si no fuere suficiente, al retornar a la caldera citadina, a la mansedumbre de la resignación y el olvido le habían subido la temperatura de la sobrevivencia, por dictamen del “sanedrín” de la economía que protege las estructuras de los privilegios de los hijos del Olimpo, el de las tres siglas lapidarias que nació después del cementerio mundial de 1945, el FMI, como si pronunciara la palabra “crucifíquenlos”, la misma que produjo un eco en la conciencia universal cuando crucificaron al Salvador.

Ahora se deshidratarían más rápido, acortando su camino existencial por la injusticia del hombre contra el hombre que devalúa el sudor y las lágrimas de la humillación, y hasta la sal que había sazonado los cuerpos en el mar, se sumó a la penitencia, exasperada por el sol extenuante y la ausencia del viento, y ahí, ¡hora maldita!, ahí estalló la rebelión del hambre, ipso facto rociada por el poder con una lluvia plomiza, en la capital que honra al santo que lleva el nombre del último día de la semana, en un país caribeño con el gentilicio femenino de la orden de los dominicos, abriendo una fosa en abril que se tragó sin eructar a cientos de almas, sin la liturgia del Salvador.

Mientras la fosa de la miseria, transformada en fosa necrológica, respiraba satisfecha exhalando sus efluvios desagradables y mi barca anclaba en puerto seguro, el humildísimo puerto de mi morada, liberada de la endiablada marea humana, el descarnado debate no era el valor de la vida sino el valor aritmético de los muertos, como si la cantidad le cambiaría el rostro al crimen.

Reitero que era abril y extrañamente a mí tampoco me preocupó cuántos fueron, sino que los enterraron sin flores, aunque estábamos en primavera, y el monaguillo gubernamental que dio la orden, por absurdo del destino, se llamaba Salvador.

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