Un Boris Johnson acorralado se revuelve contra todos

Un Boris Johnson acorralado se revuelve contra todos

El primer ministro británico, contra las cuerdas, se entrega al lenguaje del odio

Para Boris Johnson, humillado, con toda la ­autoridad moral y buena parte de su dignidad perdidas, la mejor defensa es un buen ataque. Podría haber pedido perdón humildemente al Parlamento, pero ha optado por todo lo contrario. Buen discípulo de Donald Trump, ha elevado el lenguaje del odio a niveles hasta ahora desconocidos en la política del Reino Unido. Todo Brexit que no sea salvaje es una “traición” y una “rendición”. Quienes se oponen a sus designios de una salida de Europa –ya sean jueces, periodistas, legisladores o votantes– son “los ene­migos del pueblo”. Y el pueblo sólo es el 52% que en el 2016 votó leave .

Como mago, los trucos no le salen y como prestidigitador las pelotas se le caen al suelo. Ha quedado reducido al papel de payaso con un enorme tomate rojo en la nariz cuyos chistes ya no hacen gracia a nadie. Pero piensa que él será el último en reír, cuando lleguen unas elecciones generales anticipadas a las que acudirá con la narrativa de “el pueblo contra el establishment”, y él como el tribuno del pueblo.

La oposición inflige una nueva derrota al premier y le niega un receso con ocasión del congreso conservador

Puede que la estrategia –diseñada por su polémico asesor Dominic Cummings– le salga bien, o puede que se esté pasando de rosca y acabe perdiendo más apoyos entre los conservadores moderados y los neutrales de lo que pueda ganar ­entre las clases trabajadores la­boristas antieuropeas del norte de Inglaterra. Los sondeos dan a los ­tories una ventaja de en torno a los diez puntos, pero su imagen personal ha resultado dañada por la sentencia del Tribunal Supremo sobre la suspensión ilegal de los Comunes, y la mayoría cree que son los jueces quienes tienen razón. Es impredecible cómo todo ello se traducirá en el mapa electoral de un país donde 550 de los 650 escaños están prácticamente decididos de antemano, y el resultado depende de cien circunscripciones marginales.

Una vez que vas perdiendo por 6-0 es casi irrelevante que te metan un séptimo gol, que es lo que ayer le pasó a Johnson, que todavía no ha visto portería en su partido contra el Parlamento. Este último tanto le ha dolido, sin embargo, porque la oposición le rechazó un breve re­ceso con ocasión del congreso conservador de finales de mes y principios del que viene, tradicionalmente una plataforma para cohesionar al partido, lanzar ideas y dar una imagen de unidad y propósito. Con los Comunes en sesión, los dipu­tados habrán de estar viajando cada día en tren entre Londres y Manchester, todo un incordio.

Pero los parlamentarios no estaban por hacer favores a Johnson, y menos después de que tras su pre­cipitado regreso de Nueva York ­calificara al líder laborista Jeremy Corbyn de cobarde por rechazar unas elecciones anticipadas, comparara a su partido con la Stasi de la Alemania del Este, utilizara un lenguaje misógino y de una agresividad desconocida, y tuviera para colmo la desfachatez de decir que el me-jor homenaje a Jo Cox (la diputada proeuropea que fue asesinada durante la campaña del referéndum) sería “implementar de una vez el Brexit y acabar con todo esto”. Sus palabras todavía escuecen, y más aún porque varios legisladores han recibido amenazas de muerte por parte de fanáticos euroescépticos.

“Mentiroso, mentiroso, a la cárcel, a la cárcel”, gritaron los ocu­pantes de los bancos de la oposición cuando Johnson, en vez de pedir perdón, dijo que los jueces y el Parlamento están equivocados. Como payaso ya no tiene gracia, pero como guerrero empujado por el odio aún no ha dicho la última palabra.

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